Por qué no soy del Opus Dei, motivos y razón
En España existe una curiosa obsesión por etiquetar a las personas antes de escucharlas. Si uno defiende la vida, la familia o la libertad religiosa con claridad, pronto aparecen las suposiciones
La realidad, al menos en mi caso, es bastante más sencilla: no soy del Opus Dei, y lo digo con total normalidad, sin animadversión y sin complejos. No lo soy porque, cuando tuve la oportunidad de conocer de cerca ese camino dentro de la Iglesia, comprendí que no era mi vocación.
Una experiencia que no cuajó
Hace años me invitaron a participar en actividades en Madrid, concretamente en el Club Torcal, un centro vinculado a la prelatura del Opus Dei. Allí conocí a numerarios, supernumerarios y sacerdotes que, con buena intención, trataron de introducirme en la espiritualidad de la Obra.
Fueron encuentros cordiales, formativos y, en muchos aspectos, enriquecedores. Sin embargo, la semilla que intentaron plantar no cuajó en mí. No por rechazo ni por incomprensión, sino porque entendí que mi forma de vivir la fe y el apostolado no encajaba en ese estilo.
Y en la vida espiritual —como en la vocación profesional— forzar lo que no es propio suele acabar en frustración.
Reconocer lo bueno sin dejar de ser crítico
Ser honesto también implica reconocer lo evidente: la formación doctrinal en el Opus Dei es, en muchos casos, extraordinariamente sólida. Sus sacerdotes suelen estar muy bien preparados, con una fidelidad clara al Magisterio de la Iglesia y una disciplina intelectual que merece respeto.
Tengo amigos sacerdotes y laicos vinculados a la Obra a los que aprecio sinceramente. Algunos de ellos viven su fe con coherencia admirable. Sería injusto negar ese bien real que también existe.
Pero la experiencia también me ha mostrado algo que ocurre en cualquier institución humana: junto a personas ejemplares aparecen otras que terminan perjudicando la reputación del conjunto.
La pérdida de combatividad
Más allá de las experiencias personales, lo que me genera mayor distancia con el Opus Dei actual es una percepción clara: ha perdido gran parte de su espíritu combativo original.
En sus mejores años, el Opus representó una forma de presencia católica fuerte en la vida pública. Personas bien formadas, con convicciones claras y con la voluntad de transformar la sociedad desde dentro.
Hoy, en muchos casos, percibo lo contrario: una actitud de prudencia excesiva que roza la tibieza. La fe parece vivirse cada vez más en el ámbito privado, con menor presencia en el debate cultural y político.
Sin embargo, el mandato de Cristo es inequívoco:
“Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio”.
No dijo: guardad vuestra fe en un cajón para no incomodar.
La incoherencia política
Una de las cuestiones que más me desconciertan es la presencia de miembros del Opus Dei en estructuras políticas que promueven legislaciones claramente contrarias a la antropología cristiana.
En España, por ejemplo, el Partido Popular ha sostenido durante años leyes relacionadas con el aborto o con la ideología de género sin promover reformas significativas en defensa de la familia.
Resulta difícil comprender cómo alguien puede pertenecer a un movimiento de la Iglesia y, al mismo tiempo, respaldar estructuras políticas que impulsan esas agendas. No es un juicio personal; es una cuestión de coherencia pública.
Una diferencia de temperamento espiritual
Mi propia forma de entender el compromiso cristiano es distinta. Siempre he creído que el cristiano laico está llamado a vivir una fe visible, valiente y combativa en la esfera pública.
No combativa en el sentido agresivo, sino en el sentido evangélico: clara, firme, sin complejos.
A veces lo resumo con una expresión que me gusta especialmente:
“mitad monje, mitad soldado”.
Es decir, contemplación profunda, sí, pero también acción decidida. Espiritualidad interior, pero también presencia pública.
El Opus Dei, al menos en la experiencia que yo he percibido hoy y que incluso varios ex sacerdotes del Opus Dei me han compartido, parece inclinarse más hacia la dimensión contemplativa que hacia la confrontación cultural necesaria en nuestro tiempo.
Respeto sin identificación
Mi abuela fue supernumeraria y fue de las primeras mujeres que tuvo la Obra, sacrificó mucho tiempo, fue formadora e incluso responsable de círculo, aún siendo supernumeraria, adquirió grandes responsabilidades en Valladolid.
Mi esposa también es miembro activo de la Obra y respeto profundamente que encuentre en ese camino una forma concreta de vivir su fe.
Pero la vocación espiritual no se hereda ni se impone. Cada persona debe discernir dónde puede servir mejor a Dios y al bien común.
En mi caso, ese lugar no está dentro del Opus Dei
La misión del laico hoy
El mundo actual necesita cristianos que no escondan su fe. Que estén presentes en la política, en la cultura, en los medios, en la universidad y en la vida social.
Cristianos capaces de defender la vida, la familia y la libertad con claridad y sin miedo a la presión cultural.
Algunos encontrarán esa vocación dentro del Opus Dei. Otros en diferentes movimientos o realidades eclesiales.
Yo simplemente he descubierto que mi camino es otro.
Y reconocerlo con libertad no es una ruptura ni una crítica destructiva. Es, simplemente, un acto de honestidad personal y de fidelidad a la propia conciencia.


