Ni blindaje santo ni silencio institucional: la Iglesia debe llegar hasta el fondo con el Opus Dei
La noticia es de una gravedad extraordinaria y no admite paños calientes. El 16 de marzo de 2026, el papa León XIV recibió durante unos 40 minutos al periodista británico Gareth Gore, autor de un libro muy crítico con el Opus Dei. La propia audiencia fue pública y reconocida; según Reuters, Gore pidió una investigación formal sobre presuntos abusos sexuales, financieros y de manipulación emocional, mientras que AP y El País añaden que entregó documentación y testimonios y reclamó revisar incluso la canonización de san Josemaría Escrivá. Todo eso ha sucedido de verdad. Ya no estamos ante rumores de pasillo, sino ante un asunto sentado en el despacho del Papa.
Ahora bien, una primera exigencia de rigor obliga a distinguir entre lo confirmado y lo afirmado por una de las partes. Lo confirmado es la reunión, su duración aproximada, la petición de una investigación y el hecho de que el Vaticano quiso escuchar directamente a Gore.
León XIV según Gore, le ha prometido estudiar al detalle la posibilidad de “descanonizar” a Escrivá y así mismo seguir el proceso de “reconstrucción” y “vigilancia” impuesto al OPUS DEI, en el que aún no se sabe si habrá cierre o no definitivo para este camino de la Iglesia.
Dicho esto, el fondo del asunto no puede relativizarse. Si un periodista de investigación llega al Papa con testimonios, documentos y denuncias de abuso espiritual, manipulación de menores, explotación laboral, coerción económica y presunto encubrimiento, la respuesta de la Iglesia no puede ser defensiva ni corporativa. Debe ser una sola: investigar hasta las últimas consecuencias. Y esto vale con más razón cuando ya existen frentes judiciales abiertos, como el caso argentino, en el que fiscales impulsaron una investigación criminal por presunta trata y explotación de mujeres vinculadas al Opus Dei; la Obra lo niega categóricamente, pero la existencia misma de esa investigación ya invalida cualquier intento de despachar el tema como simple “campaña anticatólica”.
Aquí está el núcleo moral del problema:
Ninguna institución eclesial puede reclamar inmunidad por su historia, su influencia o su prestigio formativo.
Y ninguna canonización puede funcionar como cortafuegos emocional para impedir el examen de hechos gravísimos.
Si hay víctimas, primero van las víctimas.
Si ha habido abuso de conciencia, de poder o de dinero, primero va la verdad.
Si se utilizó el nombre de la Iglesia para captar, someter o quebrar personas, entonces la severidad no es crueldad: es justicia.
Por eso Gareth Gore acierta en lo sustancial, aunque convenga afinar algunos extremos canónicos. Acierta cuando sostiene que la Iglesia ya no puede refugiarse en el “no lo sabíamos”.
Después de esta reunión, Roma sabe. Y saber obliga. Obliga a abrir archivos, a llamar testigos, a escuchar a las víctimas sin filtro institucional y a romper la lógica de autoprotección que tantas veces ha degradado la credibilidad de la Iglesia contemporánea. La transparencia, en este momento, no es una opción táctica; es una obligación moral.
Además, esta crisis no cae del cielo. El Opus Dei ya venía atravesando una etapa de revisión y pérdida de privilegios jurídicos. En 2022, el papa Francisco trasladó la supervisión de las prelaturas personales al Dicasterio para el Clero y ordenó adaptar el encaje jurídico del Opus Dei, subrayando su inserción en la dimensión carismática de la Iglesia. Esa reforma de estatutos sigue arrastrándose, y todavía en febrero de 2026 no había decisión definitiva de León XIV sobre el texto revisado. El encuentro con Gore, por tanto, no llega en un vacío: se inserta en un proceso previo de recorte de excepcionalidad y de mayor escrutinio.
¿Y qué pasa con la “descanonización” de Escrivá? Aquí también conviene ser serios.
En la práctica católica actual, no existe un procedimiento ordinario y claro, equiparable al de canonizar, para “descanonizar” a un santo solemnemente canonizado. Lo que sí existe es la posibilidad de retirar nombres del Calendario Romano General, como hizo Pablo VI en 1969 con varios santos de culto universal dudoso o no universal, pero eso no equivale sin más a revertir una canonización moderna y solemne como la de Josemaría Escrivá. En otras palabras: jurídicamente, ese camino no es simple ni estándar.
Pero que la “descanonización” no sea un mecanismo canónico ordinario no significa que la cuestión de fondo carezca de importancia. Al contrario. Significa que el debate real no debe formularse en términos sensacionalistas, sino en términos de verdad eclesial: si han aparecido hechos graves, si hubo irregularidades, silencios, presiones o datos sustanciales que no fueron debidamente ponderados, la Iglesia tiene la obligación de reexaminar históricamente el proceso, la narrativa construida y el uso eclesial de esa figura. No para satisfacer el morbo del momento, sino para purificar la verdad.
Aquí muchos se equivocan por exceso de sentimentalismo. Dicen: “Sería gravísimo tocar la figura del fundador”.
No. Lo gravísimo sería no tocar nada si los hechos lo exigen.
Lo gravísimo sería preferir la conservación del mito a la curación de los heridos.
Lo gravísimo sería seguir protegiendo la marca mientras las víctimas cargan solas con el peso de la humillación, la manipulación o el daño sufrido.
La Iglesia no puede permitirse otro ciclo de negación, retraso y blindaje corporativo. Ya ha pagado demasiado caro ese modelo.
Cuando una institución reacciona tarde ante el abuso, acaba transmitiendo una idea devastadora:
Que le importa más su reputación que la justicia. Y cuando eso ocurre dentro de la Iglesia, el escándalo es doble, porque no solo falla una organización humana: falla una comunidad que predica verdad, conversión y dignidad.
Por eso, la línea correcta hoy no es la histeria ni la absolución preventiva. Es otra: investigación independiente, peritos externos, víctimas escuchadas, documentación abierta, responsabilidades personales y medidas canónicas reales si los hechos se prueban. Eso incluye, llegado el caso, sanciones severas, reforma profunda o incluso la supresión de estructuras si se demostrara que su funcionamiento es intrínsecamente abusivo. Pedir eso no es atacar a la Iglesia; es negarse a seguir mintiendo en su nombre.
Gareth Gore ha puesto una bomba moral sobre la mesa de León XIV. Ahora le toca al Papa demostrar si la Iglesia del siglo XXI está dispuesta a poner la verdad por encima de los apellidos ilustres, de los santos intocables y de las maquinarias de influencia.
Porque si algo debe quedar claro en esta hora es esto: ningún carisma auténtico necesita oscuridad para sobrevivir, y ninguna obra de Dios teme a la verdad.


