La obsesión del Gobierno con el Valle de los Caídos y la cobardía de quienes callan
El ataque del Gobierno de Pedro Sánchez contra el Valle de los Caídos no es un gesto aislado ni un ajuste histórico pendiente.
Es el síntoma evidente de un proyecto político que se alimenta del enfrentamiento, del revisionismo ideológico y del desprecio a la reconciliación nacional. Es un intento deliberado de resucitar las dos Españas, esa fractura que durante décadas todos los demócratas de verdad habían trabajado por cerrar.
El Gobierno necesita enemigos. Necesita una batalla cultural constante que distraiga de su incapacidad para gestionar la economía, la seguridad, la inmigración o la unidad nacional. El Valle de los Caídos se ha convertido en el blanco perfecto: un símbolo religioso, histórico y arquitectónico que recuerda algo insoportable para la izquierda ideológica: que España fue capaz de reconciliarse.
La manipulación de la memoria histórica que impulsa Sánchez no busca sanar heridas, sino abrirlas de nuevo, reescribiendo el pasado en clave partidista. Y lo hace con una mezcla de sectarismo y mediocridad, atacando no solo el monumento, sino su dimensión espiritual. Porque el Valle es ante todo una basílica, un lugar de culto donde los monjes benedictinos rezan por todos —sí, por todos— los caídos de la Guerra Civil.
Pero lo verdaderamente grave no es solo la agresión del Gobierno: es el silencio atronador de quienes deberían defenderlo.
La cobardía de buena parte de los obispos españoles ante este atropello es tan escandalosa como incomprensible. Ante un ataque frontal contra un lugar sagrado, ante una intervención estatal que avasalla lo religioso y humilla una tradición viva, muchos prelados han optado por la tibieza, el cálculo político o, sencillamente, por mirar hacia otro lado.
Unos callan para no incomodar al poder. Otros prefieren evitar titulares. Y algunos, lamentablemente, están más preocupados por caer simpáticos en determinados círculos progresistas que por defender la libertad religiosa, la memoria cristiana o la dignidad del culto.
La Iglesia española fue, durante la Transición, un pilar clave de la reconciliación. Hoy, ante la mayor agresión a un templo desde 1978, muchos de sus pastores prefieren el silencio cómodo al testimonio valiente. Un silencio que abandona a los fieles, abandona a los monjes benedictinos y abandona la verdad histórica de España.
Un obispo que calla ante una injusticia no es neutral: es cómplice. Y la cobardía episcopal ante el atropello al Valle de los Caídos es uno de los capítulos más tristes de nuestra vida pública reciente.
Mientras un Gobierno liberticida utiliza el pasado como arma, la jerarquía debería recordar que su misión no es agradar al poder, sino defender la verdad y proteger a la Iglesia. Y, sin embargo, asistimos a una pasividad que desconcierta a los católicos, ofende la memoria de los caídos y deja desamparado uno de los mayores símbolos religiosos de España.
El ataque al Valle de los Caídos no es solo un ataque a un monumento: es un ataque al cristianismo, a la reconciliación nacional, a la memoria de todos los muertos y a la libertad religiosa.Y, por desgracia, es también el espejo que revela la triste decadencia moral de quienes deberían haber alzado la voz con firmeza.
España no debe volver a las dos Españas. Pero para evitarlo, se necesita liderazgo moral, valentía pública y un compromiso firme con la verdad.
Hoy, lamentablemente, la valentía no está en el Gobierno, pero tampoco —salvo honrosas excepciones— en demasiados despachos episcopales.
Está en los ciudadanos que se niegan a aceptar que el pasado se manipule, que los templos se profanen y que la reconciliación se destruya.
Frente a la tiranía ideológica y la mediocridad política, la respuesta no puede ser el silencio. Debe ser la firme defensa de nuestra historia, nuestra fe y nuestra libertad.


