“Hace falta un muchacho”: cuando la responsabilidad vuelve a tener nombre
Hay libros que llegan a nuestras manos por azar, y otros que llegan en el momento exacto en que la vida empieza a exigir respuestas. Hace falta un muchacho, de Arturo Cuyás, pertenece a esta segunda categoría. No es una obra que se lea con ligereza ni un manual de autoayuda juvenil. Es una interpelación directa, exigente y profundamente contracultural en un tiempo que ha decidido prolongar la adolescencia y huir de toda responsabilidad.
Recibí este libro al cumplir los 18 años, como regalo de mi tío Chus. No fue un detalle sentimental, sino un gesto profundamente educativo. Era una forma de decir: ya no eres un niño, el mundo te necesita como hombre. Hoy, con la perspectiva que da el tiempo y la experiencia, entiendo mejor la hondura de ese regalo y la vigencia de la tesis central de Cuyás: no faltan recursos, ni discursos, ni derechos; faltan hombres hechos y derechos.
Una llamada a la madurez en una sociedad infantilizada.
Arturo Cuyás parte de una constatación incómoda pero evidente: muchas de las crisis que atraviesa nuestra sociedad —familiares, políticas, educativas y morales— no se explican solo por malas leyes o estructuras injustas, sino por la ausencia de hombres capaces de asumir responsabilidad personal y social.
El “muchacho” al que alude el título no es una cuestión de edad biológica, sino de actitud vital.
Es el hombre que entiende que la libertad no consiste en hacer lo que apetece, sino en responder a lo que se debe. En una sociedad que glorifica el derecho sin deber, la comodidad sin sacrificio y la opinión sin verdad, el mensaje de Cuyás resulta casi provocador.
Una antropología clara: sin hombres responsables no hay sociedad libre.
Desde el punto de vista doctrinal y moral, el libro se apoya en una antropología clásica y profundamente cristiana: el hombre es un ser llamado a la entrega, al servicio y a la construcción del bien común. Cuando esta llamada se diluye, aparecen los efectos que hoy conocemos bien: familias rotas, instituciones débiles, liderazgos vacíos y una política reducida a espectáculo.
Cuyás no propone una masculinidad caricaturesca ni autoritaria, sino una masculinidad responsable, consciente de su deber hacia los demás. El “muchacho” que hace falta es aquel que acepta que su vida no le pertenece solo a él, sino también a su familia, a su comunidad y a su patria.
Una lectura política sin partidismo.
Aunque no es un libro político en sentido partidista, Hace falta un muchacho es profundamente político en el sentido más noble del término.
Porque la política no comienza en el Parlamento, sino en la formación del carácter.
No hay leyes justas sin hombres justos. No hay instituciones fuertes sin personas dispuestas a sostenerlas con sacrificio.
Cuyás desmonta el mito de que los problemas sociales se resuelven únicamente desde arriba. Sin ciudadanos maduros, la política degenera en ingeniería social, en paternalismo o en tiranía blanda. El libro recuerda una verdad olvidada: el Estado no puede suplir indefinidamente la falta de virtud personal sin destruir la libertad.
Un mensaje especialmente urgente hoy.
Vivimos en una época que ha confundido protección con sobreprotección y derechos con inmunidad moral.
Se educa a los jóvenes para exigir, pero no para ofrecer; para reclamar, pero no para sostener. Frente a esta deriva, Hace falta un muchacho propone una pedagogía exigente, pero liberadora: la de la responsabilidad.
Ese mensaje, recibido a los 18 años, actúa como una semilla. No se entiende del todo al principio, pero con el tiempo germina. Uno descubre que la verdadera madurez no consiste en evitar cargas, sino en asumirlas con sentido.
Un libro que no envejece porque interpela.
La fuerza de esta obra reside en que no halaga al lector. No lo trata como consumidor ni como víctima, sino como sujeto moral capaz de responder. Por eso incomoda. Y por eso es tan necesaria.
En una sociedad que necesita referentes, Hace falta un muchacho recuerda que antes de exigir cambios estructurales debemos preguntarnos si estamos dispuestos a cambiarnos a nosotros mismos. Porque no hay regeneración social sin regeneración moral, ni futuro político sin hombres capaces de ponerse en pie.
Hoy, al releerlo, comprendo que aquel regalo no fue solo un libro. Fue una advertencia y una confianza: la advertencia de que el mundo no se sostiene solo, y la confianza de que cada uno puede —y debe— hacer su parte.
Y esa es, quizá, la mayor enseñanza de Arturo Cuyás: cuando falta un muchacho, la sociedad se resiente; cuando aparece, todo empieza a ordenarse.


