El Valle de los Caídos: Entre el martirio de ayer y la traición de hoy
Por: Pablo Hertfelder Garcia-Conde, Presidente del Instituto de Política Social (IPSE) y Periodista.
Hay silencios que atronan más que el estruendo de los cañones. En la España actual, asistimos a una ofensiva sin precedentes contra la Cruz del Valle de los Caídos, un asedio que no solo busca borrar un pasado, sino extirpar la presencia pública de lo sagrado. Pero lo más doloroso en este combate no es la saña de los enemigos de la fe —de quienes nada cabe esperar—, sino la desconcertante tibieza de nuestra propia jerarquía. Como católicos, no podemos ni debemos mirar hacia otro lado; el Valle es una cuestión de fe, de justicia y de sangre martirial.
I. Un lugar sagrado: El rigor doctrinal de la Cruz
Doctrinalmente, el Valle de los Caídos es un espacio de culto y de paz. La Cruz que corona el risco de la Nava no es un símbolo político, sino el signo de la redención universal. El cementerio del Valle, donde descansan decenas de miles de caídos de ambos bandos, es tierra sagrada. Ignorar este hecho es ignorar el Derecho Canónico y la libertad religiosa.
Cuando la Iglesia permite que el Estado intervenga de forma abusiva en lugares sagrados, está permitiendo la profanación de la soberanía de Dios. La "autonomía de lo temporal" no da derecho al poder político a entrar en el santuario para reescribir la fe a golpe de decreto. Defender el Valle es defender el derecho de la Iglesia a ser dueña de su propia casa frente al cesarismo ideológico.
II. La sangre de los mártires: Nuestra deuda moral
Social y moralmente, tenemos una deuda que no caduca. El Valle es el hogar espiritual de miles de mártires de la persecución religiosa del siglo XX, hombres y mujeres que dieron su vida al grito de "¡Viva Cristo Rey!". Su sangre fue vertida por la fe, no por una sigla política.
Renunciar a la defensa del Valle es, en la práctica, escupir sobre la tumba de quienes lo sacrificaron todo por no renegar de Cristo. La tibieza de ciertos sectores eclesiales ante la demolición simbólica de este espacio es una traición a la memoria de esos testigos de la fe. Si no somos capaces de defender el lugar donde reposan nuestros mártires, ¿qué fidelidad podemos prometer en las pruebas que vendrán?
III. La trampa del "buenismo" eclesial
Resulta indignante observar cómo, en nombre de un falso ecumenismo o de una "concordia" mal entendida, algunos prelados prefieren no incomodar al poder establecido. Se nos dice que "no hay que entrar en batallas políticas". Pero cuando lo que está en juego es la permanencia de la Cruz y la inviolabilidad de un templo, la batalla ya no es política: es espiritual.
La neutralidad en este caso es complicidad. El compromiso del laico despierto nos obliga a denunciar que no hay verdadera reconciliación si esta se basa en la mentira y en la humillación de los principios cristianos. El Valle fue concebido como un lugar de oración por todos los caídos; mutilar esa realidad es mutilar la caridad cristiana para servir a un revanchismo que odia la Cruz.
IV. Una mística de resistencia: No callar ante el atropello
Este artículo es un llamado a la fidelidad combativa. Los laicos no podemos heredar la cobardía de quienes, teniendo el deber de ser leones en la defensa del altar, se comportan como mudos gestores de la retirada. Debemos movilizarnos, escribir, rezar y denunciar.
No es una cuestión de nostalgia; es una cuestión de dignidad. Defender el Valle es defender la libertad de la Iglesia en España. Si cae el Valle, si se silencia el canto de los monjes y se permite que la Cruz sea tratada como un estorbo arqueológico, la persecución contra el resto de los signos cristianos será imparable. El enemigo de la fe siempre empieza por los símbolos más altos.
V. Conclusión: Bajo la mirada de Cristo Rey
Dios es Juez de la historia y juzgará la ligereza con la que se está tratando este patrimonio espiritual. A la jerarquía le pedimos que recupere la parresía de los apóstoles. Al pueblo fiel, le pedimos que no se resigne.
El Valle de los Caídos es el recordatorio de que España es tierra de María y que su historia está sellada por la Cruz. No nos quedaremos mirando hacia los lados mientras se mancilla la sangre de nuestros hermanos. Ante la tibieza, compromiso. Ante el sectarismo, Verdad. Y sobre todo y ante todo, la firme convicción de que, pase lo que pase, Cristo es el Señor de los tiempos. Defender el Valle es defender nuestra propia alma como pueblo de Dios. ¡Viva Cristo Rey!


