El 8M y el falso feminismo que enfrenta a hombres y mujeres
Cada año, el 8 de marzo se presenta como una jornada de reivindicación de los derechos de la mujer. Y, en su origen, lo fue. La historia del feminismo contiene páginas legítimas de lucha por la dignidad femenina, por la igualdad jurídica y por el reconocimiento social de la mujer. Negarlo sería injusto. Pero otra cosa muy distinta es aceptar sin crítica la deriva ideológica que hoy domina buena parte del movimiento feminista contemporáneo.
El feminismo que hoy se impone en el 8M ya no busca la dignidad de la mujer; busca la confrontación permanente entre hombres y mujeres. Ha dejado de ser una reivindicación legítima para convertirse, en demasiadas ocasiones, en una ideología sectaria y supremacista que reduce la complejidad de la realidad humana a una lucha de sexos.
La ideología de género y la negación de la realidad
Hace años escuchaba a mi buena amiga Alicia Rubio en la presentación de su libro “Cuando nos prohibieron ser mujeres y os persiguieron por ser hombres”. Y la tesis central que defendía sigue siendo profundamente actual:
La ideología de género niega la base biológica del ser humano para reconstruir artificialmente su identidad.
La dicotomía sexual —hombre y mujer— no es una construcción cultural arbitraria. Es un dato biológico que influye en nuestra psicología, en nuestros comportamientos y, naturalmente, en nuestros roles sociales. Negarlo no es progreso; es ingeniería social.
La ideología de género pretende reducir al ser humano a una identidad puramente cultural, moldeable según el deseo o el discurso político del momento. Y esa ruptura con la realidad genera algo que cada vez vemos con mayor claridad: confusión, frustración e infelicidad.
Un feminismo que desprecia a la mujer
Paradójicamente, el feminismo dominante ha terminado despreciando aquello que dice defender. Ha impuesto a las mujeres un modelo masculinizado de éxito, negando lo que muchas mujeres valoran profundamente: la maternidad, la familia, la complementariedad con el hombre.
En nombre de la liberación femenina se ha atacado el corazón mismo de la identidad femenina. Se presenta la maternidad como una carga, la vida familiar como una renuncia y la diferencia entre hombres y mujeres como una injusticia.
Pero no hay nada más profundamente femenino que dar vida.
Defender la maternidad no es retroceder; es reconocer la grandeza de la mujer. Por eso, desde una perspectiva moral, no hay causa más feminista que defender la vida desde el vientre materno.
La criminalización del hombre
El falso feminismo necesita un enemigo para sostener su relato. Y ese enemigo es el hombre. Se ha construido una narrativa en la que el varón aparece como sospechoso permanente, como agresor potencial, como símbolo estructural de opresión.
Pero esta generalización es profundamente injusta. Los delitos tienen responsables individuales, no colectivos biológicos.
Como bien expresó Macarena Olona con una claridad que muchos prefieren ignorar:
El hombre no viola: viola un violador.
El hombre no mata: mata un asesino.
El hombre no maltrata: maltrata un maltratador.
El hombre no humilla: humilla un cobarde.
La justicia no se basa en culpas colectivas. Se basa en responsabilidad individual.
Una estrategia cultural organizada
El feminismo ideológico no es simplemente un movimiento social espontáneo. Es una construcción política sostenida por estructuras de poder, financiación pública, lobbies ideológicos y legislación orientada a consolidar su hegemonía cultural.
Sus estrategias son conocidas: manipulación del lenguaje, victimización permanente, adoctrinamiento en el sistema educativo, y criminalización de cualquier crítica.
Todo ello con un objetivo claro: reconfigurar la sociedad desde una antropología artificial.
Hombres y mujeres: aliados, no enemigos
La realidad humana es mucho más sencilla —y mucho más profunda— que el relato ideológico del feminismo radical. Hombres y mujeres no están llamados a enfrentarse, sino a complementarse.
La historia de la civilización, la familia y la sociedad se ha construido sobre esa cooperación. La guerra de sexos que hoy se promueve no libera a nadie: empobrece a todos.
Recuperar la verdad sobre la mujer
Defender a la mujer no significa negar al hombre. Defender la igualdad no significa destruir la diferencia. Y luchar contra la violencia real no exige criminalizar a medio género.
El verdadero feminismo —si queremos usar ese término— debería consistir en reconocer la dignidad de la mujer, su libertad y su singularidad, sin convertirla en herramienta ideológica ni en antagonista del hombre.
Porque la sociedad no necesita más odio ni más división. Necesita verdad, justicia y reconciliación entre hombres y mujeres.
Y eso no se consigue gritando consignas el 8M.
Se consigue defendiendo la vida, la familia y la dignidad de cada persona, sin ideologías que enfrenten lo que la naturaleza y la historia han unido.


