Buscando al Niño Jesús en la Plaza Mayor de Madrid…sin hallar respuesta
Ayer mismo recorrí con mi mujer los puestos navideños de la Plaza Mayor de Madrid con una intención sencilla y profundamente simbólica: buscar un Niño Jesús. No uno cualquiera, sino esos Niños grandes, visibles, destinados a ocupar el centro de la mesa en Navidad, el corazón del belén o el lugar más humilde y más importante a los pies del árbol. Busqué y rebusqué. Puesto tras puesto. Y no encontré ninguno
Hace años, esto habría sido impensable. La Plaza Mayor, con su mercado navideño tradicional, era un lugar donde el Niño Jesús no solo estaba presente: era protagonista. Hoy, su ausencia no es anecdótica. Es un síntoma.
Cuando lo esencial desaparece sin hacer ruido.
No hubo prohibiciones explícitas, ni carteles, ni polémica pública. Simplemente, ya no estaba. Y esa es quizá la forma más eficaz de borrar algo: no atacarlo frontalmente, sino dejar que se desvanezca entre la indiferencia y la costumbre.
La Navidad sigue llena de luces, adornos y reclamos comerciales. Hay árboles, estrellas, gorros, muñecos, figuras de todo tipo. Pero falta lo esencial. Falta Aquél que da sentido a todo lo demás. La paradoja es evidente:
Celebramos la Navidad sin el que nace en Navidad y por el cuál tenemos la Navidad.
Desde un punto de vista doctrinal, esto no es un detalle menor. El cristianismo no celebra una estación del año ni un sentimiento genérico de fraternidad. Celebra un acontecimiento concreto: Dios se hace Niño. Quitar al Niño Jesús del espacio público navideño es vaciar la fiesta de su significado más profundo.
El Niño que incomoda.
¿Por qué molesta un Niño Jesús?
No es una figura agresiva.
No es un símbolo de poder.
No es una imposición.
Es un Niño pobre, indefenso, acostado en un pesebre. Y, sin embargo, incomoda. Porque recuerda que
La Navidad no es consumo, sino don; no es ruido, sino silencio; no es autosuficiencia, sino dependencia de Dios.
La desaparición del Niño Jesús de los puestos tradicionales no es casual. Forma parte de una tendencia más amplia: la de relegar la fe al ámbito privado mientras se mantiene una Navidad “neutral”, culturalmente descafeinada, aceptable para todos porque ya no dice nada.
Pero una Navidad que no dice nada acaba por no significar nada.
Dimensión social: la tradición como transmisión.
Las tradiciones no se mantienen solas. Se transmiten. Y cuando se rompe la cadena, no se rompe de golpe: se debilita. Los Niños Jesús que se colocaban en el centro de la mesa, en el belén o a los pies del árbol no eran simples objetos decorativos. Eran pedagogía doméstica. Enseñaban a los niños —sin discursos— qué se celebraba realmente.
Al desaparecer de los espacios públicos, el mensaje es claro: la fe ya no forma parte del relato común. Y cuando la fe se expulsa del relato, la sociedad pierde memoria, raíces y sentido.
No es neutralidad. Es amnesia cultural.
Una cuestión moral: ¿qué ponemos en el centro?
Toda sociedad revela sus prioridades por lo que coloca en el centro. Antes, el Niño Jesús ocupaba ese lugar. Hoy lo ocupan otros símbolos: el consumo, la imagen, la distracción permanente. No es una evolución inocente; es una decisión moral colectiva, aunque se disfrace de modernidad.
Desde una perspectiva ética, el Niño Jesús representa lo contrario de lo que hoy se exalta: la fragilidad frente a la fuerza, la humildad frente al éxito, el don frente al cálculo. Su ausencia es también una renuncia a esos valores.
Buscar al Niño… y no encontrarlo.
La escena es casi evangélica:
Buscar al Niño y no hallarlo. Como María y José buscándolo en Jerusalén. Solo que, en este caso, no se perdió por accidente. Lo hemos ido apartando.
Y la pregunta que queda en el aire es incómoda: si ya no hay Niño Jesús en la Plaza Mayor, si ya no se vende, si ya no se coloca en el centro ¿dónde lo hemos puesto como sociedad?
Porque el Niño Jesús no desaparece solo de los puestos. Desaparece cuando deja de ocupar un lugar en las casas, en la educación, en la vida pública y en la conciencia colectiva.
Recuperar lo esencial
No se trata de imponer nada. Se trata de no avergonzarse de lo que somos. De reconocer que la Navidad, en España y en Europa, tiene un origen cristiano que no necesita ser escondido para convivir. Al contrario: es precisamente ese origen el que hizo posible una cultura de dignidad, de cuidado del débil y de esperanza.
Recuperar al Niño Jesús en la Plaza Mayor no es un gesto nostálgico. Es un acto de coherencia. Es decir que seguimos sabiendo qué celebramos. Que no hemos sustituido el sentido por el decorado.
Porque una Navidad sin Niño puede ser vistosa, pero está vacía.
Y una sociedad que esconde lo esencial termina perdiéndose a sí misma.
Quizá haya llegado el momento de volver a buscar al Niño Jesús.
Pero no solo en los puestos.
Sino en el centro de nuestra vida personal y social.


