28 de diciembre: los Santos Inocentes de hoy
El 28 de diciembre, mientras la sociedad se entrega a bromas y ligereza, la conciencia cristiana recuerda una de las páginas más dramáticas del Evangelio: la matanza de los Santos Inocentes. No fue una metáfora ni una exageración piadosa. Fue el asesinato de niños indefensos por miedo al nacimiento de la Verdad. Dos mil años después, esa historia no pertenece solo al pasado. Se repite cada día, con otros nombres, otros métodos y una coartada legal que pretende anestesiar la conciencia.
Hoy, los nuevos inocentes no mueren por orden de Herodes, sino bajo leyes que llaman “derecho” a lo que es, en esencia, la eliminación deliberada de una vida humana en su fase más vulnerable. Y el 28 de diciembre se ha convertido, desde hace años, en una fecha de memoria, de duelo y de denuncia por los miles de niños abortados en España.
Un día de memoria y conciencia
Cada 28 de diciembre, diversas asociaciones provida organizamos actos, campañas y gestos públicos para romper el silencio. No son acciones de confrontación, sino de memoria. Porque una sociedad que olvida a sus víctimas está condenada a repetir la injusticia.
Las cifras del aborto en España son escandalosas. No se trata de números fríos: cada cifra es una vida truncada, una historia que no pudo comenzar, un rostro que nunca fue abrazado. Y, sin embargo, el debate público ha logrado deshumanizar esa realidad hasta convertirla en una cuestión técnica, sanitaria o ideológica.
El 28 de diciembre devuelve el rostro a las cifras. Y eso incomoda.
El testimonio incómodo de la conciencia
Desde hace más de una década, este día está marcado por un hecho que se repite con una regularidad casi simbólica: la detención del Jesús Poveda frente a la clínica abortista Dator en Madrid. Su gesto es tan simple como elocuente: sentarse pacíficamente, rezar y negarse a abandonar un lugar donde se practica el aborto.
Su “delito” es no querer marcharse de un espacio que, según se argumenta, “obstaculiza” el acceso a quienes desean entrar. Pero lo que realmente incomoda no es su presencia física, sino su presencia moral. Porque su silencio, su oración y su constancia recuerdan una verdad que muchos prefieren no ver: que allí se acaba con vidas humanas.
La reiteración de estas detenciones plantea una pregunta inquietante: ¿cómo puede una democracia tolerar el aborto como un derecho y, al mismo tiempo, perseguir a quien lo denuncia de forma pacífica?
Una paradoja moral y jurídica
Desde el punto de vista social y jurídico, el contraste es demoledor. La ley protege la práctica del aborto, pero criminaliza el testimonio de la conciencia. Se garantiza el acceso al abortorio, pero se restringe la libertad de expresión y de manifestación pacífica de quienes defienden la vida.
Esta paradoja revela un problema más profundo:
El aborto no se sostiene por su fuerza moral, sino por la imposición legal y el silenciamiento del disenso.
Cuando una sociedad necesita perseguir a quienes rezan para mantener una práctica, algo se ha roto en su escala de valores.
Dimensión doctrinal: los inocentes de todos los tiempos
Desde una perspectiva doctrinal, el paralelismo con los Santos Inocentes no es retórico. La Iglesia siempre ha reconocido en ellos a los primeros mártires, no por una elección consciente, sino por haber sido asesinados en lugar de Cristo. Hoy, los niños abortados mueren porque estorban, porque no encajan, porque su existencia se considera un problema.
La raíz es la misma: el poder que decide quién merece vivir y quién no. Y frente a ese poder, la fe cristiana responde siempre igual: defendiendo al inocente, aunque eso tenga un precio.
Una llamada a la responsabilidad colectiva
El 28 de diciembre no es solo un día para los creyentes. Es un día para cualquier sociedad que se tome en serio los derechos humanos. Porque el derecho a la vida no es uno más: es el presupuesto de todos los demás.
Recordar a los niños abortados no es un ejercicio de culpa, sino de responsabilidad. No busca señalar a las madres —muchas veces víctimas de la presión, la soledad o el abandono—, sino cuestionar un sistema que presenta la muerte como solución y castiga a quien ofrece alternativas.
Que el silencio no sea nuestra respuesta
Cada detención de Jesús Poveda, cada acto provida, cada 28 de diciembre celebrado en silencio y oración frente a un abortorio es un recordatorio de que la conciencia no se puede legislar ni detener.
Los Santos Inocentes de hoy no tienen voz. Por eso necesitan que otros la alcen. Y hacerlo no es extremismo ni fanatismo: es justicia elemental.
Porque una sociedad se mide no por cómo trata a los fuertes, sino por cómo protege a los más débiles. Y en ese examen, el aborto sigue siendo la gran herida moral de nuestro tiempo.
El 28 de diciembre no debería ser un día de bromas.
Debería ser un día de memoria.
De duelo.
Y de compromiso.
Por los que no pudieron nacer.
Por los que no pueden defenderse.
Por los Santos Inocentes de ayer… y de hoy.


